Son
las 18:46, la temperatura es 12 grados; Quito oscurece y se enfría cada vez
más. Fuera del Centro de Arte Contemporáneo (CAC) —lo que en el siglo XX fue el
Hospital Militar— una fila de personas espera a que se inicie el recorrido
nocturno “Ecos de un edificio”. La edificación, ubicada en el centro de Quito,
en el sector de San Juan, es grande y se
encuentra remodelada. Sus paredes exteriores son blancas, como si intentaran
transmitir paz, pese a las macabras historias que se cuentan del lugar.
Este edificio inició su construcción en 1900.
Primero fue un sanatorio para personas con tuberculosis y en 1917 se estableció
como Hospital Militar durante 60 años; ahí, muchas personas murieron. Por
varios años pasó abandonado; entonces delincuentes, drogadictos y vagabundos lo
utilizaron como refugio hasta 2007, cuando inició su intervención, por parte
del Municipio. Un año después se lo reinauguró como el Centro
de Arte Contemporáneo.
Inicio del recorrido
Dan las 19:15, un
grupo de perros ladra y aúlla; cinco minutos más tarde se abren las puertas
para iniciar el recorrido. Los murmullos de los 30 asistentes se escuchan claramente,
pues están ansiosos por descubrir si en realidad existen presencias
paranormales y, al mismo tiempo, sienten miedo de confirmarlo.
La anfitriona pregunta: “¿Están seguros de entrar?”,
mientras señala donde alguna vez fue la fosa común. Todos responden: “Sí”, sin
saber lo que vivirán.
En
el trayecto aparecen actores que representan entes que han sido vistos en el
lugar. Un cucurucho, una monja, una enfermera y una niña son lo más relevantes;
sin embargo, la teatralización es parte de un show para dar ambiente y, posteriormente, seguir con los
testimonios de los mismos actores, que trabajan en este edificio donde “muchas almas
no han dejado de rondar”. Los visitantes recorren los pasillos y patios
internos durante 45 minutos.
Ocurre
algo extraño al llegar al patio central. Un hombre vestido de negro observa al
grupo desde la segunda planta, todos lo ven y piensan que es otro actor. Lo
curioso es que al terminar el recorrido todos los actores se presentan y
ninguno está vestido totalmente de negro. Una señora pregunta por ese hombre
del que todos se olvidaron. Hay un silencio, hasta que Ximena Andrade, directora
del proyecto, responde: “En ese momento nadie estaba en el segundo piso. Todos
los actores estaban en esta planta y son los que están aquí”. La sangre de los
visitantes se hiela.
Fidel
Delgado es uno de los asistentes y está asustado. En el trayecto, siempre se
ubicó al final del grupo. Dice que en una de las salas pudo sentir cómo le golpearon
la espalda y cuando regresó a ver, divisó dos sombras de hombres altos. Al
respecto, uno de los actores comenta que de seguro fueron los cucuruchos, ya
que es común verlos y reconocerlos, sobre todo por su altura.
A
las 20:30 el elenco reúne a los visitantes en el auditorio para compartir las
experiencias tétricas que han vivido en el edificio. Según Mónica Palacios, la
enfermera en la representación, en algunas fotografías las personas salen
acompañadas por seres que no eran vistos físicamente. Cuando Luis Arce,
representante del cucurucho, va a contar su anécdota, suena un ruido que parece
un lamento, todos los asistentes se pasman por unos segundos y luego lanzan una carcajada nerviosa para disimular
la pesadez del ambiente.
Mireya
Pineda, la monja, cuenta que una vez en este mismo auditorio cubrió una
televisión con una tela; minutos después volvió y la tela estaba doblada encima
de la televisión. En otra ocasión, caminaba donde había sido la morgue,
entonces alguien le cogió el pie y, enseguida, escuchó a un niño llorar.
Finalmente,
Ximena Andrade, directora del proyecto, dice a todos que salgan del auditorio,
pues se siente un ambiente cada vez más tenso. Los visitantes concuerdan y se
convencen de estar acompañados por presencias paranormales.
Por
Daniel Guamán

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