miércoles, 4 de octubre de 2017

Un día sin la nueva extremidad

Eran las 8:45 cuando desperté. Fue la mañana del domingo. Me levanté y lo vi de inmediato. Allí estaba ese artefacto de uso diario, aquel que parece una extremidad más del humano del siglo XXI, reposando horizontal sobre el velador en frente de mi cama. Parecía que me llamaba, parecía como si, de alguna extraña manera, pudiera sentir las vibraciones que produce cuando llega una notificación. Lo tomé entre mis manos, lo desbloqueé, vi la hora y entonces recordé que me había propuesto no utilizarlo todo ese día, o al menos no como una forma de entretenimiento.

Desayuné sin ningún problema, me bañé y salí para mi trabajo. Ignoré al aparato y no encendí la conexión a Internet, en vez de eso preferí refundirlo en el bolsillo de mi maleta. Llegué al centro comercial en el que trabajo, entre al local de libros y busqué qué es lo que podía hacer. Las estanterías estaban desordenadas, así que parecía una buena ideas colocar las obras en orden alfabético por apellido de autor. Me aburrí muchísimo ya que estuve haciéndolo durante tres horas. Obviamente estuve tentado en ir a la bodega, abrir el pequeño bolsillo que tiene en frente mi mochila café, sacar el dispositivo y empezar a chatear. "No eres tan débil", me dije a mi mismo.

Al medio día llegó una mujer al local. "¿Tienes La condesa sangrienta de Alejandra Pizarnik?", preguntó. El nombre del libro llamó mucho mi atención. Revisé en la base de datos y teníamos solo uno en todo el local. Después de una ardua búsqueda, mi jefe lo encontró en la planta baja, entonces entregué a la compradora; sin embargo, el título de aquella obra seguía dando vueltas en mi cabeza. Normalmente, hubiera utilizado el celular para librarme de la duda sobre el contenido de lo que acababa de vender, si no hubiera sido porque ese domingo no podía utilizar ese aparato. Pese a todo, yo no quería quedarme con ese pendiente.

De manera inesperada, como suele ser la vida, mientras estaba parado en la caja, giré mi cabeza al lado izquierdo porque una figura humana había captado mi atención. Mi jefe se había sentado a utilizar el computador. Mi jefe con el que mis conversaciones suelen ser muy concisas sobre temáticas laborales, pero en ese momento él podía ser mi única fuente.

"Ivan, ¿de qué va La condesa sangrienta?, le dije. Me miró y respondió: "Elizabeth Bathory era una aristócrata húngara del siglo XVII. Ella estaba obsesionada por la belleza, a tal punto que asesinaba a otras mujeres para bañarse en su sangre y así mantenerse joven. El libro relata su vida de una manera grotesca". Fue un dato que produjo interés en mí por leer acerca de esta sádica dama.

Llegó la hora del almuerzo a las 15:00. Tardé veinte minutos comiendo, y no sabía que hacer en los 40 restantes. Tomé un libro llamado El séptimo Rafael, que habla sobre la vida del expresidente ecuatoriano. Allí me enteré de varios datos curioso sobre este personaje. Su descendencia paterna es chilena, su padre se suicidó y su hermana menor había muerto ahogada. Cosas bastante personales sobre Rafael Correa. Cosas de las que, si no hubiera tenido ese tiempo y ese libro , no me hubiera enterado.

Luego, el día pasó rápido. Volví a atender a otros clientes y mientras lo hacía, me dí cuenta de que las personas, de que la vida real puede ser igual y más interesante sin revisar un smartphone durante todo el día.



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