miércoles, 6 de diciembre de 2017

Tan independientes, tan asociales

Llega un momento en el que hacer de manera cómoda tus actividades diarias se vuelve tu aire, agua y alimento. En algún punto, llegas a acostumbrarte tanto a algo que dejarlo por una hora siquiera se vuelve un gran reto. Exactamente en eso se resume el uso de la tecnología: comodidad y costumbre que se volvió necesidad, eso que es tan criticado por el neoludismo.

El difícil reto personal de esta semana fue intentar apegarme a una ideología bastante radical que critica el impacto tecnológico sobre el ser humano y el medio ambiente. Debo admitir que no cumplí con lo que me propuse. Ni un solo día dejé de usar por completo el celular y, a veces, parecía como si fuera parte de mí, como si fuera un órgano que me permite vivir. Ahí constaté el pensamiento neoludita: nuestro comportamiento dejo su esencia natural y pasó a ser artificial. A veces me sentía acompañado solo por tener encendido a ese pequeño aparato a mi lado, entonces me di cuenta que no tenía tiempo para disfrutar mi soledad.

Estando en la universidad que inimaginable resulta pensar en no utilizar una computadora, puede que suene exagerado, pero sin uno de estos equipos a tu alcance de seguro podrías reprobar cualquier materia. A veces ni siquiera nos damos cuenta que utilizamos a la tecnología para todo y que la hemos naturalizado como parte de nuestra vida.

Creo que nadie podría ser un neoludita en esta generación que requiere del artefacto para sobrevivir. Sin embargo, esta ideología me permitió ser consiente del tiempo que dedico a los aparatos electrónicos y de la importancia que estos tienen. No satanizo el uso de la tecnología, pero creo que modificó nuestro comportamiento volviéndonos independientes, pero muy asociales.

Captura de pantalla. Aplicación Quality Time.
Día de menos uso de celular.

viernes, 1 de diciembre de 2017

El conjunto inestable

Que inestable conjunto de iguales en el que nos encontramos. Que curioso el opaco concepto de igualdad que se maneja estos días. Que reales e imperfectos seguiremos siendo los seres humanos.

Me pone la piel de gallina pensar que hace 20 años gustar de o amar a alguien del mismo sexo era un delito en Ecuador. Estoy muy seguro de que este cambio debió provocar un gran desequilibrio entre las personas de aquella época. Por eso: ¡Qué bueno que vivamos dentro de una sociedad tan variable! Donde hay personas que se atreven a tocar los puntos que incomodan a la mayoría y, así, hacer que sus electrones se exciten como ocurre con los átomos inestables. Me fastidia la comodidad de los pensamientos que solo favorecen a ciertos grupos. 

Mientras en las calles se realizan marchas recordando el día contra la violencia a la mujer, diariamente escucho por esos mismos espacios insultos hacia una mujer que viste una minifalda y una blusa escotada. Veo partidos de fútbol infantiles donde los niños continúan utilizando la expresión “pateas como niña”. La feminidad aún es considerada inferior cuando se compara con las estúpidas actitudes de aquellos machos que no permitirían que su esposa salga con una minifalda y una blusa escotada a la calle. Que turbia la igualdad de la que se habla, aquella que aún no se practica.

Hay cosas que siguen siendo ellas porque cambian, porque esa es su esencia. La imperfección humana permite reconocer que algo podría ser mejor. Las normativas legales son solo una base que ayudan para provocar una desestabilización, pero el verdadero cambio empieza en pequeños círculos sociales.



sábado, 25 de noviembre de 2017

Libre, no soy

¡Qué extraño todo esto! Pienso tanto en libertad, saboreo entre sueños su dulzura, me la imagino cuando cierro mis ojos o cuando divago porque alguien habla sobre algo que no me interesa.  A veces, pienso que la puedo sentir, pero todo es una fantasía.

Que putos miedos los que me detienen a ser como yo quiero ser. Que puta incertidumbre la que me invade cuando pienso en lo que quiero ser. Ojalá todo fuera tan fácil como instalar un programa en mi computador. Ojalá hubiera un curso de conducción de tres semanas que me enseñe a manejar mi vida y me diga lo que debo hacer.

Libre, no soy. Mis propios pensamientos me acorralan. Mis propios sentimientos me dominan. ¡Qué extraño hablar de libertad, pero sentirte prisionero!

Melancolía, Edvard Munch, 1981